Estrés y Cáncer

Artículos divulgativos sobre la relación entre Estrés y Cáncer

Dr. Pere Gascón, prestigioso oncólogo, asegura que un impacto emocional crónico tiene un efecto relacional sobre el cáncer

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La semana pasada tuve la oportunidad de asistir a una de las clases magistrales del Dr. Pere Gascón sobre últimos avances en oncología. Quedé gratamente sorprendida ante un hombre de espíritu atemporal, de mente abierta y amante de la investigación.  Trabajó durante 24 años en EEUU en algunos de los centros de mayor prestigio en su profesión.

El Dr. Gascón que fue hasta hace poco jefe del Servicio de Oncología del hospital Clínic de Barcelona  se ha especializado en el papel del microambiente en el proceso tumoral y metastásico y en el ámbito de la inmunología, dos aspectos que consideramos fundamentales en oncología integrativa.

Casualmente, hace pocos días La Vanguardia publicó una entrevista que recomiendo leer. Algunas de sus respuestas han sido sorprendentes como el reconocimiento de algunos casos de remisiones espontáneas que él relaciona con el sistema inmunológico o el convencimiento de que un impacto emocional crónico tiene relación con la aparición de cáncer.

Reproduzco sus respuestas a continuación:

¿Puede un cáncer estar ligado a una sacudida anímica, a un bache vital?

Sí. Tenemos datos: cuando una persona tiene un bache muy importante en su vida, puede afectar. Pero no una sacudida aguda, ¿eh?, sino crónica. Estoy convencido de que un impacto emocional crónico tiene efecto relacional con en el cáncer. Pero como el cáncer tarda en desarrollarse de 20 a 30 años es imposible en algunos casos. Quedarte en el paro, divorciarte, perder un hijo puede producirte una depresión brutal, nada más, de entrada.

Pero nuestro cuerpo está desarrollando elementos malignos continuamente.

Y nuestro cuerpo los elimina. Cuando pasas por uno de esos baches emocionales el sistema inmunológico baja sus defensas y ahí ve su oportunidad el cáncer. En animales se ha demostrado: el estrés les acelera el proceso.

¿Ha presenciado alguna curación para la que no tenga respuesta científica?

Yo no. Pero pasa, están descritas y publicadas. Yo creo que la respuesta a eso es inmunológica. El propio cuerpo es capaz de dominar el mal que le invade, pero eso ocurre muy pocas veces.”
 

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Estrés y Cáncer (III). La importancia de una buena comunicación celular

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Todos los grandes sistemas integradores del cuerpo funcionan buscando el equilibrio, la homeostasis. El sistema nervioso autónomo tiene que equilibrar sus componentes simpático y parasimpático con funciones antagónicas pero complementarias. El sistema endocrino está regulado por mecanismos de retroalimentación entre la pituitaria y las hormonas secretadas por la glándula diana que funcionan como un termostato para mantener la homeostasis. Sabemos mucho menos sobre cómo se logra tal homeostasis en el sistema inmunológico o en el sistema nervioso central, pero parece plausible que si la angustia puede causar efectos adversos, es muy probable que el estrés bueno, o lo que Selye denominó "eustress" promueva la salud. Sir William Osler señaló que la evolución de la tuberculosis dependía más de "lo que el paciente tiene en su cabeza que de lo que tiene en el pecho". Ishigami en Japón llegó a una conclusión similar en su ponencia "La influencia de la psíque actúa sobre el avance de la tuberculosis pulmonar", que apareció en la Revista Americana de la tuberculosis en 1919. Algunos pacientes estables se deterioraron y murieron después de enterarse de la pérdida de un ser querido. En otros casos, más graves, una recuperación completa se produjo sorprendentemente, a pesar del hecho de que ninguna terapia específica estaba disponible. "Estos pacientes tenían la característica de ser optimistas y no preocuparse fácilmente", escribió. 

Una fe firme, sensación de apoyo social de la familia y amigos, parecen ser potentes amortiguadores de estrés. No es sorprendente, por lo tanto, que tales atributos también se hayan asociado con un riesgo menor de cáncer. La falta de apoyo emocional, así como algunos otros rasgos fueron convincentemente demostrados como rasgos altamente predictivos de cáncer por Eysenck y Grossarth-Maticek. Más importante aún, se han demostrado en amplios estudios prospectivos a largo plazo que las estrategias de reducción de estrés fueron eficaces en la reducción de tumores malignos en un 50% en los individuos evaluados como pacientes con riesgo de desarrollar cáncer. El estudio de Spiegel ha demostrado de manera similar que los pacientes con cáncer de mama metastásico que participaron en las actividades del grupo de apoyo social tuvieron un incremento de 18 meses en la supervivencia en comparación con los controles que recibieron sólo el tratamiento de rutina. Fawzy y col. encontraron que si se añadía un programa de 6 semanas de manejo del estrés al tratamiento para el melanoma en etapa temprana mejoraba la función del sistema inmunológico, en comparación con los controles. Después de 6 años, el grupo de control del estrés tenía menos de la mitad la tasa de recurrencia y muertes.

¿Cómo explicar los numerosos casos bien documentados de remisión espontánea de cáncer? Meticulosos estudios de Ikemi de estos pacientes sugieren que una fe firme y un fuerte sistema de creencias positivo fue el común denominador. Pero, ¿cómo actúa? ¿Cómo funciona el efecto placebo? ¿Cómo se consiguen los beneficios de la curación por la fe o "toque terapéutico"? ¿Existe tal cosa como la curación psíquica? No han sido demostrados cambios en el sistema inmunológico, neuroendocrino o sistema nervioso central con este tipo de respuestas.

La buena salud depende esencialmente de una buena comunicación dentro del ambiente interno, así como con el ambiente externo, a fin de preservar la homeostasis. Eso es válido para todos los sistemas vivos, que van hacia arriba desde la célula a un órgano, persona, familia, grupo, nación o una sociedad. Lo que a menudo dejamos de apreciar es que estos sistemas están en constante comunicación, y los problemas en un nivel repercuten a lo largo de la línea. En esencia, el problema básico de la célula de cáncer es que no se comunica adecuadamente, como lo demuestra estas citas del artículo de Yamasaki en los mecanismos no genotóxicos de la carcinogénesis: "El cáncer puede ser considerada como una rebelión en una sociedad ordenada de las células cuando descuidan sus vecinos y crecen de forma autónoma sobre las células normales circundantes". "Puesto que la comunicación intercelular juega un papel importante en el mantenimiento de una sociedad ordenada, esta comunicación se altera en el proceso de la carcinogénesis". "La evidencia sugiere que el bloqueo de la comunicación intercelular es importante en el proceso de promoción de la carcinogénesis".

Si bien no podemos definir el estrés, toda nuestra investigación confirma que la sensación de estar fuera de control es siempre angustiante. Eso también pasa a ser la mejor definición de la célula de cáncer - que es esencialmente una célula fuera de control, ya que no se comunica. ¿Podría ser que los efectos beneficiosos de una fe firme, o imágenes visuales, de alguna manera estén relacionados con el desarrollo de un sentido de control? ¿Puede que el mensaje de alguna manera filtrarse a través de una compleja red de información del cuerpo a las células cancerosas? Sabemos que el cerebro tiene conexiones tanto neuronales como humorales con el sistema inmunológico que pueden transmitir tales mensajes. Sin embargo, está claro que hay receptores en las membranas celulares sensibles a  energías eléctricas muy sutiles de naturaleza similar a las que se generan en el cuerpo. Patrones de ondas del EEG pueden ser mucho más que simplemente el ruido de la maquinaria del cerebro. Bien pueden representar a los mensajes que se envían a otras partes del cuerpo. Esto es consistente con la teoría de un sistema circulatorio eléctrico interno y su tratamiento de forma espectacular con éxito de los tumores de pulmón metastásicos utilizando energías eléctricas débiles de Nordenstrom. La comprensión de cómo están mediadas tales interacciones mente / cuerpo, puede ayudarnos a aprender cómo estimular, simular o emular este tipo de mecanismos, para aprovechar la sabiduría del cuerpo y de su impresionante potencial de auto curación. Una considerable evidencia sugiere que tales fuerzas juegan un papel aún más importante en las relaciones estrés-cáncer debido a su capacidad de controlar el crecimiento celular en su nivel muy básico.

Todos estamos expuestos diariamente a una gran cantidad de potenciales carcinógenos físicos en nuestro medio ambiente, pero ¿existen los carcinógenos psicosociales también? ¿Qué determina la resistencia o susceptibilidad al cáncer? Los factores de comportamiento y las respuestas inadecuadas a estrés también deben tenerse en cuenta junto con los factores genéticos en el intento de entender por qué algunas personas desarrollan cáncer, o cuál será su evolución clínica. La resistencia alterada del huésped debido a perturbaciones en la función del sistema inmune parece ser un factor importante como lo demuestra el aumento de neoplasias malignas en pacientes con SIDA y los estudios de melanoma por Fawzy y el beneficio de la reducción del estrés se ha demostrado en estos dos trastornos fatales. Del mismo modo, los experimentos detallados de Cohen sobre el efecto del estrés en el desarrollo de los resfriados encontraron que las incidencia de resfriados tanto para pruebas de laboratorio que demostraban la  infección como para resfriados clínicos se correlacionan precisamente con la magnitud de las puntuaciones de estrés psicológico para cada uno de los cinco rinovirus utilizados en voluntarios sanos. Además, él también demostró los efectos protectores de un fuerte apoyo social.

Nuestra preocupación actual es con la epidemiología del cáncer, las raíces de las cuales epi (sobre), demos (pueblo), logos (la razón), connota algo que se ha lanzado sobre nosotros desde fuera. Lo que ahora debemos empezar a apreciar es lo que he denominado la endemiología del cáncer, y esas influencias que emanan desde dentro del individuo, que puede ser igualmente significativo y potencialmente bajo nuestro control. Louis Pasteur, el gran defensor de la teoría de los gérmenes de la enfermedad, participó en muchos debates con su famoso contemporáneo Claude Bernard. En su lecho de muerte, habría declarado: "Bernard razón avait, Le germe n'est rien, c'est le terreno quiest tout". (Bernard tenía razón. El microbio no es nada, el terreno lo es todo). Como conclusión final nos quedamos con la idea de que lo que finalmente alcanza a comprender un médico completo es que: “Muchas veces es mucho más importante conocer qué tipo de paciente tiene la enfermedad, que qué tipo de enfermedad tiene el paciente”

Paul J. Rosch, M.D., F.A.C.P.
Presidente, Instituto americano de Estrés. 
Profesor clínico de la Universidad de Medicina y Psiquiatría de Nueva York

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Estrés y Cáncer (II). El cáncer como enfermedad de la civilización

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La angustia emocional asociada a un incidente traumático previsto es a menudo mayor que la encontrada como resultado del propio evento físico. Algunos ejemplos son un niño en espera de un azote merecido, o sentado en la sala de espera del dentista antes de algún procedimiento que resulte prácticamente indoloro.

La capacidad de regenerar el tejido perdido o dañado en formas inferiores de vida, obviamente, implica algo más que una respuesta local simple. El mensaje de que el tejido ha sido dañado o perdido debe ser transmitido a los centros superiores del sistema nervioso central que a su vez inician respuestas reparadoras adecuadas y coordinadas. Con la corteza cerebral del hombre más desarrollada, la pérdida de bienestar emocional puede ser percibida como algo tan importante o incluso más estresante que una separación física. Las mismas señales pueden ser enviadas para que activen los sistemas endocrino, inmune, y nervioso central y responder de alguna manera para reparar el daño. Sin embargo, nuestros intentos de estimular la sustitución o el nuevo crecimiento celular intencional son inútiles. Lo que puede resultar en cambio, es un nuevo crecimiento en la forma de neoplasia que es maligno y más allá del control.

En la escala de Holmes-Rahe, los cuatro eventos más estresantes que cambian la vida de todos implican la pérdida de importantes relaciones afectivas, con la muerte de un cónyuge y el divorcio al frente de la lista. Si el estrés puede causar cáncer, lo que cabría esperar es que los individuos afectados tuviesen tasas significativamente más altas de malignidad. Desde hace tiempo se ha reconocido que las personas viudas y divorciadas mueren por tasas mucho más altas de todas las principales causas de muerte entre ellas el cáncer. También es evidente que la depresión de la función del sistema inmunológico predispone al cáncer, como se ilustra vívidamente por una serie de enfermedades malignas relacionadas con el SIDA, incluyendo el sarcoma de Kaposi.

En las últimas dos décadas, diversos estudios han demostrado que después de la pérdida de un cónyuge hay una disminución rápida e impresionante de las defensas del sistema inmunológico, y posiblemente, esta respuesta adaptativa aberrante es un mecanismo que puede explicar algunas neoplasias relacionadas con el estrés.

 

También hay pruebas de que el aumento de las tensiones asociadas con el progreso de la civilización, contribuyen al cáncer. No me refiero aquí a las cosas tales como el tabaquismo, la contaminación del aire, el asbesto, los riesgos de radiación y otras cuestiones cancerígenas, sino más bien a las tensiones psicosociales que se hicieron evidentes mucho antes de que llegaran estos problemas asociados al progreso. Este concepto no es nuevo, y se propuso en la "Memoria sobre la frecuencia de cáncer" de Tanchou entregado a la Academia de Ciencias de Francia hace más de ciento sesenta años. Tanchou señaló que "el cáncer como la locura se incrementa en una proporción directa a la civilización del país". Señaló que en París, la tasa de mortalidad por cáncer anual durante un período de once años fue 0,80 por mil. A pesar de que sólo 0,2 por mil fue en Londres. Así que con orgullo concluyó que los datos "demostraron que París es cuatro veces más civilizada que la de Londres". Powell en  “La patología del cáncer” (1908), declaró: "No puede haber duda de que las diversas influencias agrupadas bajo el título de la civilización juegan un papel en la producción de una tendencia al cáncer." Del mismo modo, Roberts escribió en malignidad y Evolución (1926), "Soy de la opinión generalizada de que, cualquiera que sea su origen, el cáncer es en gran medida una enfermedad de la civilización".

El misionero médico de renombre, el Dr. Albert Schweizer, escribió "a mi llegada a Gabón en 1913, me quedé asombrado al descubrir que no habían casos de cáncer", a lo largo de los años, los casos comenzaron a aparecer en números crecientes, y la conclusión de "mis observaciones se inclinan que yo atribuyo al hecho de que los indígenas están viviendo más y más a la manera de los blancos ".

El célebre antropólogo y explorador del Ártico, Vilhjalmur Stefansson, en su libro, que se titula en realidad  “Cáncer: Enfermedad de la Civilización”, señaló la ausencia de cáncer en los esquimales a su llegada al Ártico, pero un posterior aumento en la incidencia de la enfermedad cuando se estableció contacto más estrecho con la civilización blanca. Citó a Sir Robert McCarrison, un médico que había estudiado 11.000 nativos Hunza en Kashmir de 1.904 a 1.911. El cáncer era desconocido, y estos individuos parecían preservar su físico y apariencia juvenil hasta bien entrados los años sesenta y setenta, y disfrutaban de una longevidad inusual. McCarrison atribuye esto al hecho de que estaban "muy alejados del refinamiento de la civilización ..... y dotados de un sistema nervioso de una notable estabilidad". Tanto Stefansson como Schweitzer creían que este hecho no tenía nada que ver con la dieta, sino a las tensiones asociadas con el progreso de la civilización.

En julio de 1927, en un artículo sobre cáncer, el Dr. William Howard Hay señaló: "Un estudio de la distribución de cáncer, entre las razas de la tierra entera, muestra una relación proporcional entre la incidencia de cáncer y el nivel de civilización; por lo que, evidentemente, algo inherente a las costumbres de la civilización es responsable de la diferencia de la incidencia de cáncer en comparación con las razas no civilizadas y tribus. El clima no tiene nada que ver con esta diferencia, como lo demuestra el hecho de que las tribus que viven naturalmente mostrarán una completa ausencia de esta enfermedad hasta que se mezclan con sociedades más civilizadas, comienza a asomar los primeros casos de cáncer". Uno de los argumentos más convincentes es el que se encuentra en el trabajo del Dr. Alexander Berglas sobre el cáncer: “Su naturaleza, la causa y la cura” (1957). A lo largo de este libro se expone el tema de que el cáncer es una enfermedad de la que los pueblos primitivos están parcial o totalmente exentos, y que estamos "amenazados de muerte por cáncer a causa de nuestra incapacidad para adaptarse a las condiciones actuales de vida día. Con los años, la investigación del cáncer se ha convertido en el dominio de especialistas en diversos campos. A pesar de las contribuciones de los científicos, nos encontramos muy alejados todavía de nuestra meta, la curación del cáncer. Este trabajo especializado y el conocimiento obtenido a través del estudio de partes independientes, se ha convertido en un obstáculo para alcanzar el todo. Más de treinta años en el campo de la investigación sobre el cáncer me han convencido de que no es una ventaja para nosotros continuar por el camino de un análisis detallado. He llegado a la conclusión de que el cáncer tal vez puede ser sólo otro proceso natural inteligible cuya causa se encuentran en nuestro medio ambiente y en nuestro modo de vida".

En EE.UU. hemos encontrado un desconcertante aumento  en la incidencia de cáncer de mama en las mujeres de mediana edad. Los expertos no tienen explicación, pero creo que esto también puede estar relacionado con el estrés de la "civilización". Ha sido bien establecido que cuanto más joven sea una mujer cuando tiene su primer hijo o incluso cuando se queda embarazada, menos probabilidades tiene de desarrollar cáncer de mama. El embarazo reduce la prolactina, una hormona pituitaria que estimula el crecimiento de tejido mamario y promueve el cáncer de mama en animales de experimentación. A medida que más y más mujeres entran en el mundo laboral tienden a permanecer solteras, o a casarse pero deciden no tener hijos, o hacerlo sólo cuando son mucho más mayores. Desde 1970 el porcentaje de mujeres que tienen su primer hijo después de los 35 años se ha quintuplicado. Del mismo modo, las mujeres orientadas a una carrera profesional, especialmente aquellas que no tienen hijos, tienen una incidencia mucho mayor de cáncer de ovario mortal. Mujeres trabajadoras solteras tienen catorce veces más riesgo de cáncer de ovario que el grupo de referencia de las amas de casa. El estrés del trabajo en sí puede ser un factor. Muchas mujeres casadas tienen que hacer malabares con las responsabilidades del trabajo y las tareas de casa. Además, se encuentran a menudo con que a pesar de tener una formación igual o superior, más experiencia y capacidad, se les paga menos que a sus homólogos masculinos, y por lo general llegan a un callejón sin salida cuando tratan de llegar a los peldaños superiores de la escalera corporativa. Otros grupos demográficos que van desde los niños, los adolescentes y los ancianos también están experimentado tensiones que no experimentaron generaciones anteriores, como consecuencia de los cambios impuestos por las presiones de la civilización contemporánea. Podemos especular sobre si esto también puede tener alguna relación con un aumento de ciertas enfermedades malignas. 

Dr Paul J. Rosch, M.D., F.A.C.P.
Presidente, Instituto americano de Estrés. Profesor clínico de la Universidad de Medicina y Psiquiatría de Nueva York

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Estrés y Cáncer (I)

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Artículo escrito por el Dr. Paul J. Rosch, Presidente del Instituto americano de Estrés y Profesor clínico de la Universidad de Medicina y Psiquiatría de Nueva York.

Este es uno de los artículos más brillantes que he leído sobre la relación entre el cáncer y el estrés como posible factor etiológico de esta enfermedad. En él se recogen observaciones históricas referentes a este tema, así como estudios científicos que apuntan a esta dirección. Lo he traducido del inglés al castellano para facilitar su divulgación y debido a su extensión lo he dividido en varios artículos que iremos publicando.

La creencia de que el cáncer pueda estar relacionado de alguna manera con el estrés o las emociones angustiosas es tan antigua como la historia de la medicina documentada. Hace más de 2.000 años, en su disertación sobre los tumores, De Tumoribus, Galeno observó que las mujeres que eran melancólicas eran mucho más susceptibles al cáncer que otras mujeres, presumiblemente porque tenían demasiada bilis negra (Melas chole). Era difícil encontrar mucho escrito sobre el cáncer en la literatura médica inglesa hasta 1701, momento en el cual un médico británico, Gendron, destacó el efecto de los "desastres de la vida que producen angustia y tristeza" como causantes de cáncer. Ochenta años más tarde, Burrows atribuyó la enfermedad a "las pasiones inquietas de la mente con la que el paciente se encuentra fuertemente afectado durante un largo periodo de tiempo."

Médicos de principios del siglo XIX como Nunn destacaron que factores emocionales influían en el crecimiento de los tumores de mama, y Stern señaló que el cáncer de cuello uterino en las mujeres era más frecuente en las personas sensibles y frustradas. En el tratado de Walshe “La Naturaleza y el Tratamiento del Cáncer” se destaca la "influencia de la miseria mental, reveses repentinos de fortuna y frecuentes ataques melancólicos en la formación de material carcinomatoso. Hace cien años, Snow revisó más de 250 pacientes en el Hospital del Cáncer de Londres llegando a la conclusión de que" la pérdida de un pariente cercano fue un factor importante en el desarrollo de cáncer de mama y útero".

Concedo especial importancia a estas observaciones,  porque la práctica de la medicina hace cien o doscientos años era mucho más personalizada. Los médicos tuvieron que confiar más en su propia comprensión de la importancia de la historia clínica, el trasfondo emocional, y el estilo de vida del paciente, en contraste con el énfasis actual en los procedimientos de laboratorio y de imagen de alta tecnología en los diagnósticos de los pacientes. Además, su educación incluía la literatura, las humanidades y la filosofía, más que el acento actual en la ciencia. Era mucho más probable que conociesen a la familia del paciente, sus relaciones sociales y la influencia de otros factores ambientales psicosociales. También pasaban mucho más tiempo observando y hablando con los pacientes, y haciendo preguntas pertinentes acerca de los detalles, lo que es imposible en el frenético ritmo de la práctica médica especializada y relativamente superficial de hoy. Así, gracias a una formación mucho más completa, y un enfoque más personalizado, bien podríamos esperar que hayan tenido una mayor sensibilidad y apreciación de ciertos matices sutiles que podrían sugerir una posible relación entre el estrés emocional y el cáncer.

Durante el siglo XX, el interés se dirigió hacia agentes externos como causantes del cáncer. En la actualidad, una gran cantidad de sustancias cancerígenas en el aire que respiramos, los alimentos que ingerimos, o varios virus han sido incriminados. Todos estos enfoques implican algún asalto físico en nosotros desde el exterior, de acuerdo con la teoría de los gérmenes de la enfermedad, lo cual es bastante comprensible. El descubrimiento de Pasteur de los microbios y los logros clínicos, y la prueba ofrecida por los postulados de Koch han confirmado las relaciones causales directas entre los microorganismos y las enfermedades infecciosas. El éxito subsiguiente de diversas vacunas y los efectos de los antibióticos que podían salvar vidas parecía resolver las dudas. La gente se enferma porque algo les atacó desde el exterior. Se ha dirigido poca atención a la resistencia o susceptibilidad a la enfermedad. Pocos cuestionaron por qué ciertos individuos expuestos al mismo bacilo de la tuberculosis, virus de la hepatitis, o carcinógenos, permanecieron sanos.

Sin embargo, durante las últimas décadas, numerosos estudios de investigación clínica y en animales han seguido confirmando la importante influencia que las emociones estresantes pueden ejercer en relación con el desarrollo y progresión de diversas enfermedades, y el crecimiento particularmente maligno. Algunas de las principales características de los individuos propensos a enfermedades cancerosas parecen ser frecuentes sentimientos de desesperanza e impotencia, incapacidad para expresar ira o resentimiento, una autoestima baja y tristeza, o haber sufrido la pérdida de una relación emocional significativa. Everson et al. evaluaron la desesperanza en 2.500 hombres y encontró que seis años después fueron casi 3,5 veces mayor los casos de muertes por cáncer o enfermedades del corazón en aquellas personas que habían obtenido resultados altos en la escala que medía el nivel de desesperanza. A propósito de esta discusión, me gustaría concentrarme en la observación de Snow sobre el significado de la pérdida de una relación emocional importante como un precursor del cáncer.

Implícito en la teoría de Cannon de "lucha o huida", está la premisa de que nuestras respuestas automáticas e involuntarias al estrés se han desarrollado progresivamente a lo largo del tiempo de evolución del hombre. Se postula que representan los cambios adaptativos que eran esenciales para la supervivencia de nuestros antepasados ​​cuando se enfrentaban a una amenaza para su vida física. La secreción de adrenalina y la estimulación del sistema nervioso simpático hace que las pupilas se dilaten para obtener mejor visión, la coagulación de la sangre se acelera para reducir la pérdida de laceraciones o hemorragia interna, la presión arterial y el ritmo cardíaco aumentan para incrementar el flujo de sangre al cerebro y facilitar la toma de decisiones, y los carbohidratos y grasas almacenados en el cuerpo se liberan para elevar el nivel de glucosa en sangre para obtener más energía. La circulación de la sangre disminuye en el sistema digestivo, ya que la digestión no es prioritaria y aumenta en los grandes músculos de las extremidades. Esto produce una mayor tensión y fuerza en los brazos y las piernas para ayudar en la batalla cuerpo a cuerpo, o en la velocidad de locomoción lejos de un escenario de potencial peligro.

Sin embargo, la naturaleza del estrés para el hombre moderno no es un encuentro físico potencialmente letal, con un tigre de dientes de sable o una tribu guerrera cada pocos meses, sino más bien una gran cantidad de estrés emocional que a menudo se produce varias veces al día. La tragedia es que éstos todavía suelen dar lugar a las mismas respuestas "lucha o huida" que no son útiles a nuestro propósito. No es difícil entender cómo estas respuestas inadecuadas al estrés pueden contribuir a "enfermedades de nuestra civilización", como la hipertensión, diabetes, infartos, derrames cerebrales, úlceras pépticas, espasmos musculares, etc… Muchas de nuestras respuestas al estrés no parecen tener ningún sentido en términos de proporcionar algún beneficio. Cuando se está muy asustado, algunas personas experimentan "piel de gallina", o la erección del vello de la parte posterior del cuello, y ¿Para qué nos sirve esta respuesta? Sin embargo, la estimulación de esos mismos músculos erectores del vello es responsable de la espalda arqueada de un gato en estado de defensa que le confiere una apariencia más feroz a su asaltante. También producen el erizado de las púas del puercoespín, que proporciona un mecanismo de defensa muy eficaz. Por lo tanto, todas nuestras respuestas al estrés, sin duda, sirvieron para algo útil en algún momento durante el largo curso de la evolución humana.

Es igualmente evidente que a menudo reaccionamos exageradamente a estímulos con respuestas que son perjudiciales. Esto lo vemos en el desarrollo ocasional de queloides deformantes durante la formación excesiva de cicatrices en la curación de heridas. Del mismo modo, el cáncer de labio se puede desarrollar en los fumadores de pipa de arcilla en el lugar del tejido dañado por el calor que está tratando de repararse a sí mismo. Hay otros casos en que los cambios evolutivos adaptativos pueden acabar siendo perjudiciales. En el capítulo que escribí en 1958 en el que hablaba del concepto de Seyle de "Enfermedades de Adaptación"  me referí a la teoría del "oportunismo" en el proceso evolutivo. Esto se refiere a la respuesta del organismo para cubrir una necesidad con cualquier medio disponible, incluso si esa respuesta puede en última instancia resultar perjudicial. El ejemplo citado en ese momento era la enorme variación en el desarrollo de diferentes cuernos en veintitrés especies de antílopes africanos. Algunos cuernos son obviamente demasiado pequeños para ser eficaces, tales como los del Duiker, mientras que otros son difíciles de manejar, como en el kudu. Como se observa esta tremenda variación, las marcadas alteraciones en la configuración anatómica y efecto funcional no parecen tener ningún propósito adaptativo útil o racional, y son más bien un perjuicio. Si tuviera que volver a escribir ese artículo hoy, seleccionaría el desarrollo de tumores malignos en el hombre como tal vez un ejemplo más dramático de "oportunismo" en el proceso evolutivo, por las siguientes razones.

A medida que se desciende la escala filogenética, la incidencia de cáncer disminuye progresivamente, y está ausente en las formas primitivas de vida. Por el contrario, la capacidad del organismo para regenerar los tejidos lesionados o perdidos aumenta proporcionalmente. Organismos más simples, incluyendo algunos invertebrados, son capaces de seccionar partes de su anatomía cuando están heridos. Obviamente, esta capacidad tendría un valor de supervivencia sólo si el animal poseyera una habilidad igualmente notable para regenerar la parte perdida con restos de células disponibles. Por lo tanto, a una estrella de mar le puede crecer un nuevo apéndice, y a una salamandra o tritón le puede crecer una nueva cola o una pierna si se la corta. Los seres humanos, sin embargo, no tienen tales poderes reparadores o regenerativos, excepto tal vez para el hígado y el bazo, que son de naturaleza similar a los órganos que se encuentran en las formas inferiores de vida.

Creo que algunos tipos de cáncer pueden representar un vestigio de esta primitivo potencial regenerativo. Cuando sufrimos una pérdida o lesión, se dispara un intento de responder con actividades de sustitución similares. Desafortunadamente, este nuevo crecimiento, o neoplasia, pueden llegar a ser perjudiciales en lugar de funcionales. Los experimentos con productos químicos que pueden producir cáncer cuando se aplica a la piel o se inyecta en animales de laboratorio y en humanos apoyan esta hipótesis. Cuando estos mismos carcinógenos se inyectan en la pata de una salamandra, no da lugar a cáncer, pero sorprendentemente hay crecimiento de un nuevo miembro accesorio en ese lugar. Si se inyecta la misma sustancia carcinogénica en el cristalino del ojo, la salamandra regenerará una nueva lente. Por lo tanto, un estímulo cancerígeno idéntico puede producir ya sea la regeneración intencionada, o una malignidad fatal, dependiendo del desarrollo evolutivo del organismo.

Artículo completo en inglés aquí

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